Masacre de San Juan: Un oscuro capítulo en la historia boliviana

La madrugada del 24 de junio de 1967 quedó marcada con sangre en la memoria obrera de Bolivia. Mientras las familias mineras aún descansaban o apagaban las fogatas de la tradicional noche de San Juan, un violento e inesperado operativo militar rompió la calma de los campamentos. Hoy, reconstruimos aquellos hechos a partir de las crónicas impresas en las páginas de La Patria en junio de ese año y el vivo testimonio de quienes sintieron el estruendo de las balas en carne propia.

Antecedentes: Salarios recortados y el fantasma de la guerrilla

Para comprender la furia acumulada en los distritos mineros, es necesario retroceder unos meses en la historia. El destacado periodista orureño David Lazo, quien vivió este suceso durante su adolescencia, relata el trasfondo económico y político que encendió la mecha: “Los mineros estaban muy enojados porque el gobierno de René Barrientos Ortuño llegó en una oportunidad, más o menos unos tres o cuatro meses antes de la masacre de San Juan, para hablar sobre la situación económica, política y social de Bolivia. Él les dijo en términos muy populares: ‘Compañeros, nosotros estamos mal, la economía de Bolivia está mal’. Les pidió por favor tres meses de rebaja de sueldos, prometiendo que después se los repondría. Los mineros nunca estuvieron contentos con aceptar esa situación; hubo gente mimetizada del gobierno que pidió la palabra e hizo aceptar la rebaja a la fuerza. Pasaron los meses y Barrientos no tenía la menor intención de devolverles el dinero”.

Movilización minera

Ante el engaño, las bases de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol) comenzaron a movilizarse en consecutivas asambleas. Tras un ampliado en Huanuni, se convocó a una reunión decisiva para el 24 de junio de 1967 en Siglo XX. “En ese ampliado decisivo tenían que apoyar a las guerrillas del Che Guevara por la bronca al presidente Barrientos”, explica Lazo. “Todos sabían qué resolución iba a salir: el apoyo económico de una ‘mita’ (una jornada de trabajo) y posteriormente ver cómo apoyar a las guerrilletas del Che. Enterado de eso, René Barrientos ejecutó el ‘Plan Pingüino’, que significaba la intervención de las minas mediante los Rangers, el Regimiento Camacho, la policía y la DIC (Dirección de Investigación Criminal)”.

La noche del despliegue y la confusión

El plan gubernamental se movió bajo el manto de la noche. El 23 de junio, los efectivos militares partieron en el tren Machacamarca-Uncía rumbo a la localidad de Cancañiri. Cerca de la medianoche, las tropas ya se encontraban apostadas en la zona, planificando el asalto a Siglo XX mediante dos flancos: uno desde el cerro Salvadora y otros por los costados izquierdo y derecho. La consigna civil-militar era implacable.

Tiroteo y caos

De acuerdo con las crónicas publicadas por La Patria el domingo 25 de junio de 1967, las poblaciones mineras amanecieron bajo un intenso tiroteo que comenzó exactamente a las 04:55 horas. El recuerdo de David Lazo coincide con precisión cronológica y humana sobre ese instante: “A las 4:40 o 5:00 aproximadamente yo estaba en la calle porque tengo un hermano con discapacidad. Escuchamos los primeros disparos; al parecer eran de armas largas, pero todavía no había metralla. Todos nos confundimos, como era San Juan y no había petardos, decíamos: ‘son cuetillos, son cuetillos que están sonando’. Pero de pronto la gente empezó a correr desde la mina hacia la localidad de Llallagua gritando: ‘¡Los militares, los militares!’”.

El asalto armado y sus consecuencias

Las fracciones del regimiento Ranger y de la Policía Minera abrieron fuego desde las montañas y cerros aledaños. Aunque los trabajadores contaban con fusiles Mauser heredados de las milicias armadas de la Revolución de 1952, la sorpresa, las ráfagas de ametralladora y los bazucazos del Ejército hicieron imposible cualquier defensa organizada. “Algunos ingresaron a sus casas para sacar sus fusiles y defenderse, pero no pudieron (…) Ahí empezaron a caer muchas personas heridas y muertas. Yo mismo pasé por el lado de dos cuerpos caídos”, rememora Lazo.

Saldos trágicos

El despliegue militar se concentró en el campamento “La Salvadora”, culminando con la toma por la fuerza de la Plaza del Minero, las sedes sindicales y la emblemática radio La Voz del Minero. Las páginas de La Patria reportaron un saldo trágico inicial de 16 muertos y al menos 71 heridos, con decenas en estado crítico en el hospital Catavi. Entre los fallecidos identificados figuraban dirigentes como Rosendo García Maisman (ex-secretario general del sindicato), Alejandro Mamani y Nicanor Tórrez. Al día siguiente la cifra de muertos subió a más de 20.

Censura informativa tras el asalto

Tras consumarse el asalto, el gobierno declaró el distrito minero como “Zona Militar”. Para asegurar el aislamiento total, cortaron energía eléctrica y suspendieron servicios telegráficos y transporte. Los enviados especiales de La Patria enfrentaron restricciones severas para acceder al área debido a órdenes del Comando del Ejército. Al mismo tiempo, aviones militares sobrevolaron Siglo XX sembrando pánico entre las familias resguardadas en sus viviendas.

Un capítulo oscuro en Bolivia

La Masacre de San Juan sigue siendo uno de los capítulos más oscuros y dolorosos en la historia boliviana; una herida que permanece viva gracias a los testimonios que impiden que caiga en el olvido./LA PATRIA