En este país al sur del Círculo Polar Ártico, más grande que Portugal y más pequeño que Cuba, hay menos habitantes que ballenas alrededor. Su población de 334.252 personas es menor que las de Avellaneda, Quilmes o Lanús.

Islandia: El enigma que espera a la Argentina

02/25/2018 - 10:00
Clarín

Las sombras en Islandia son largas como espadas. Las afila un sol al ras que ilumina a los caminantes de costado, cuatro horas al día, porque es invierno y su redondez de pelota de fútbol apenas se despega del horizonte. Tan lejanas quedan las sombras de sus cuerpos que cualquier intento por crear figuras chinescas aquí resulta ingobernable allá, en la estirada proyección de las manos, donde nada se asemeja a la pirueta original.

En este país al sur del Círculo Polar Ártico, más grande que Portugal y más pequeño que Cuba, hay menos habitantes que ballenas alrededor. Su población de 334.252 personas es menor que las de Avellaneda, Quilmes o Lanús.

Es el terruño entre el mar de Groenlandia y el Atlántico norte que hace 40 años fascinó a Jorge Luis Borges y hoy preocupa a Lionel Messi, porque su aguerrida selección jugará contra la Argentina el primer partido de la Copa del Mundo en Rusia y todo puede pasar.

No hay límites para la imaginación de los islandeses, que ven cómo las noches se ponen verdes, las cataratas se congelan en plena caída y chorros de agua caliente estallan a la vera del camino.

“De las regiones de la hermosa tierra/ Que mi carne y su sombra han fatigado/ Eres la más remota y la más íntima,/ Última Thule, Islandia de las naves”, escribió Borges en su versos A Islandia, país al que daba estatus de reino mitológico y que visitó tres veces con su fatiga y mil más cuando la soñaba.

 
Musa también de Julio Verne, que situó en el cráter del volcán Snæfellsjökull el punto de partida para el Viaje al centro de la Tierra, Islandia luce hoy como la Antártida, cubierta de nieve y envuelta por vientos polares. Por eso parece imposible la escena que se registra en el lago congelado del centro de Reikiavik: 11 chicos juegan un picado sobre una delgada capa de hielo, a 50 metros de un tumulto de patos que nadan en lo que queda de estanque.

Los arcos están hechos con pesas de gimnasio, pero las áreas y el punto del penal no existen, porque las líneas que en el fútbol se pintan con cal aquí se tornan invisibles.

Los chicos juegan en zapatillas y ninguno se resbala. Están en la clase de Educación Física y la cancha improvisada es a la vez el patio del colegio Menntaskólinn, cuya fachada ilustra los billetes de 500 coronas.

Borges, Messi y Julio Verne se sorprenderían ante la danza de equilibrios que despliegan los alumnos, que tienen prohibido cortar una jugada yendo al piso, porque un foul violento puede agujerear la capa blanca y hundir a todos en el agua helada.

“Así juega Islandia, con espíritu vikingo, contra las adversidades. Lo peor que puede hacer la Argentina es confiarse. Apostaremos todo a la defensa. Pero cuidado, porque en uno o dos contragolpes vamos a definir el partido”, avisa el profesor de gimnasia, Ingvar Thór Kale, tras el vapor de su aliento.

–Los chicos dicen que jugás en Primera –quiere chequear Viva on ice.

–Sí, fui arquero de la Selección de Islandia en 2011, jugué en Vikingur, Valur y el año pasado en Akranes. Pero trabajo aquí y me gusta, a los chicos les apasiona el fútbol –responde mientras muestra en su celular la figurita de colección que lo retrató en su época de gloria.

Es común que los jugadores de la máxima división islandesa desempeñen otra actividad. El entrenador de la Selección, Heimir Hallgrímsson, trabaja como dentista y dio turnos a sus pacientes hasta poco antes del Mundial, que arranca en junio.

A Kale le gusta la docencia. Arma equipos parejos, da indicaciones motivadoras, elogia a un zurdo con anteojos que no para de desbordar y de repente, con guantes de lana, descuelga una pelota que parecía irse a las nubes.

La bahía blanca. Por la costanera de Reikiavik camina sonriente Alfred Gigja, un gigante de dos metros con campera verde y barba roja. Para ganar su confianza, los enviados de Viva le tiran un pelotazo de 20 metros y Alfred la para como el Jeti, agachándose con las dos manos. “Aquí se juega al handball y al vóley. El fútbol viene creciendo por la influencia de la Premier League inglesa, pero yo, te digo la verdad, no tengo televisión, vivo disfrutando de la naturaleza y de la música. Sé que es importante para ustedes el Mundial, pero mi mensaje es que sea todo tranquilo, que no haya ninguna tensión entre Islandia y Argentina, porque yo los quiero a los dos”, dice Alfred, un asistente social especializado en salud mental. Camina con las zapatillas desatadas, cuando el clima, para los friolentos que vienen de los 40 grados porteños, demanda borceguíes y tres pares de medias térmicas, en lo posible envueltas en bolsas de supermercado, para no dejar pasar la humedad.